Añoro el perro que mira en el jardín como cae el sobre, que arrojó el cartero, con el nombre de un amor en manuscrito.

Parecería ser que estamos en un sistema donde la emoción está asociada al vértigo de la velocidad. Somos corredores profesionales en esto de vivir. Tal vez sea vivir en la ciudad capital. Santiago es una urbe importante sin duda. Pero creo que si damos una miradas por las aldeas más cercanas, en su justa medida se replica el modelo de vida tendiente a hacer todo ya y rápido. Es que la velocidad está implícita en la tecnología. El celular y el computador son los robots que gobiernan nuestros tiempos. Son nuestros jefes, y de los peores. Los más esclavizantes. ¿Saben por qué? Porque nos drogan. Porque operan con  la dopamina. El neurotransmisor del placer, y el movimiento. El neurotransmisor que estimula como un motor nuestro movimiento, nuestro ritmo y frecuencia de vida. Por eso las redes sociales, habitantes intangibles del celular y el compu, los juegos, y todo el arsenal de artículos visuales de placer, los i- comerce, el sexo, todo allí..  a la mano. En el celu,  habita el ego del gran otro social, que somos nosotros mismos. El celular, ese rectangulito elegante, esa  ventana al mundo, a la adquisición, que nos tiene hipnotizados, y ultra despiertos, en movimiento rápido, compitiendo. Somos hormigas. ¿Han visto el camino de hormigas? Van derechito con su carga pesada, camino al hormiguero, ida y vuelta, ida y vuelta por el mismo sendero. ¿Han pateado un hormiguero? ¿Vieron que pasa? Bueno…eso nos pasa cuando nos sacan el celular. Imaginen que se apagan los celulares del mundo. Seríamos esas hormigas despavoridas, desesperadas sin destino, sin hacer, sin ser.

Por lo tanto la velocidad, supera a la emoción. Nuestros ojos ya no ven paisajes, ven pantallas. Y lo más preocupante, que eso sucede desde niños. Asistí ayer a una charla, donde se hablaba de las adicciones. No pude quedarme hasta el final. Me sonó el celular. El deber laboral me llamó, acudí como un soldado. Pero pude quedarme hasta escuchar algo que me erizó los pelos. A los niños, el celular les eleva el umbral del placer, al operar en la producción de dopamina. Por lo tanto, saber que crecemos así, que sube el umbral del placer, es constatar que cada día, menos cosas simples, y que se dan naturales, (como la sombra de un árbol pero ejemplo),  nos  producen placer. Buscamos bienestar desesperadamente en la redes sociales, en una sexualidad rápida, casual, vertiginosa, en una mirada rápida al instagram cada vez que podemos, en ir en la micro mirando la pantalla. Ya no sabemos que casas hubo donde ahora hay un edificio. Nunca los supimos, no lo recordamos.  Por lo tanto la velocidad en la que vivimos está signada por la pantalla. Eso nos obliga. Por eso no soy muy amigo de Twitter, ni de Instagram, ni de facebook. Los uso mucho si. Por eso no estoy feliz. Tengo amigos sociales que me acompañan a diario en silencio. He perdido la capacidad de hablar, y de escribir a mano en un papel. En realidad, Añoro el perro que mira en el jardín como cae el sobre que arrojó el cartero, con el nombre de un amor en manuscrito.

Eso sería. Ahora  me voy a fijar quién cumple años para saludarlo.

El Viaje de una canción

Divagaciones personales, freudianas,  y otras posibles falacias e inexatitudes entretenidas.

Aún no es claro, porque se puede crear una canción. Es fácil decir que el talento es el factor interviniente. ¿Pero que es el talento? ¿Es acaso  una combinación genética propendiente a la creación de letras y melodías?, ¿es un aprendizaje inconsciente de factores ambientales? ¿Ambas cosas? No se sabe bien porque podemos generar música propia. Obviamente abundan los manuales de “como hacer una canción” “10 claves para componer una canción “y otros etcéteras que no responden la pregunta de fondo: Yo puedo tener todas las claves en mi poder, y aún asi no podría componer una canción. O al menos una buena canción. Pero ¿que es una buena canción? Yo creo que lo de buena o mala responde a configuraciones ideológicas y  subjetivas del cerebro de quién escucha, unido a sus vivencias y su entorno cultural. Lo que es bueno para mí, no lo es para el vecino. Y está bien que así sea. Rechazo el fundamentalismo de los rockeros en relación al reggaetón, y rechazo el fundamentalismo del reggaetón en relación al rock. En realidad odio el fundamentalismo de cualquier índole que tenga como bandera de lucha algo tan libre como una canción.

¿Cuál es el viaje de una canción? 

Pongámosle juego, literatura freudiana  y fantasía a dicho proceso desconocido. Como no hay pruebas todo es refutable. Pero es entretenido imaginarlo.

Si bien no sabemos quién la procrea, sabemos que se alimenta en el inconsciente, de  elementos extraídos desde el consciente, y su nexo  con la red social a través del Yo. El Yo, ese que te da la mano y se presenta en lo social, es parte del consciente. Es su segunda tópica. El Yo recoge información. Algo de esa información es usada por el consciente  para sobrevivir. Pero otra, se escabulle de la consciencia – o tal vez nunca estuvo allí-  y se aloja en el inconsciente. Por eso no sabemos que allí está. Esa información es un embrión que de alguna forma inexplicable,  se va traduciendo en un balbuceo melódico, en una letra de amor, hacia alguien que creemos inexistente, pero si existe, lo que pasa es no nos dimos cuenta. Cuando nos preguntan: De que habla la letra, podemos decir mil cosas. Y cada persona que la escucha le da un sentido distinto. Podemos decir “no me gusta la letra”, y eso ya es un sentido en sí mismo. No puede no ser gustado algo no creado. He ahí el verdadero valor.  Algo creado es algo proveniente de un don misterioso. Tiene cariz de sagrado. Está el mito de que Paul McCartney soñó la melodía de Yesterday. Es muy probable. Que mejor lugar para dicho embrión que el Ello, motor de los sueños, habitante del bosque incoherente de lo inconsciente.

Una vez que el balbuceo se transforma en algo capaz de volar, es una pulsión que sale como flecha, desde el inconsciente, empujado por el Ello. El preconsciente y su segunda tópica el Superyó,  no pueden  apresar esa flecha para censurarla, para darle forma, para protegerla del rigor de los vientos culturales externos. Entonces llega al consciente, cruda, desnuda, una melodía, una letra, puesta al servicio del conocimiento musical formal del consciente, al servicio de la armonía más elaborada, o más trabajada por la mente despierta. Y viene el vestido, es decir la producción, el estudio, los shows, los públicos, y aparecen de visita, dos primos ladinos del Yo: El ego,  con su hermano Narciso.

Pero la canción entonces  se metamorfosea en esa mariposa que sobrevuela muchas flores, y entonces se produce el ecosistema de creación constante, necesaria, circular. 

¿Qué hay entre medio de esa producción consciente y la mariposa que la propulsa tan lejos? Está el dispositivo, la industria, la tecnología, la maquinaria que difunde el sonido hacia otros cerebros, otros inconscientes creativos, otras pulsiones. Nada es malo en el camino de una canción. Los malos podríamos ser nosotros mismos entre nosotros. Pero aún así,  nunca podremos derrotar una canción que voló como mariposa, y fue admirada por multitudes, y se hizo eterna a través de sus virtudes, y no de su vida breve y feliz. Su virtud entonces trasciende su vida en el dispositivo maquinal de la industria que la diseminó. Por eso por ejemplo,  hoy Queen está de vuelta. Sus canciones renacieron desde su virtud, y la maquinaria las trajo de vuelta para seguir viajando por nuevos inconscientes. Para seguir viviendo en nuevos embriones.